Reseña: «Once Cáscaras» de Rubén Risso

Después de leer el prólogo de Narciso Rossi, que habla de las tragedias y cómo las cosas pueden empeorar más y más, viene el Bastidor; que es la primera cáscara que encamina a las demás. Se nota que el autor investigó y se empapó con las creencias judías. Rubén nos habla del Sefirot, conocido como el árbol de la vida, y el Qlifot, su sombra. En ellos florece el índice del libro, donde cada cuento tiene un lazo con la sombra de la vida y viceversa.

Los primeros cuentos de las antologías, casi siempre, se usan para que te zambullas en el libro. Al final del túnel no hay luces, literalmente hace eso; los diálogos son tan profundos que el lector llega a sentir el peso íntimo que siente el personaje.

Un grito. Dos pasos. Un golpe. Te saca de la realidad para abrazarte en una atmósfera donde lo real pasa a otro plano. En un principio las incertidumbres abarcan todas las páginas, hasta que los párrafos dejan que las respuestas llenen ese vacío. Si hablamos de realidades, el cuento que le sigue es La sangre de cristo, donde la posición del narrador te saca las ganas de ir a confesarte. Pasa todo lo contrario con Demonios de corbata, que al terminarlo te hace doler el ego, y te dan ganas de preguntarte hasta dónde llega tu propia realidad.

Intentá borrar esto es un grito al aire, pero no al que respiran todos, sino al que solo respiran las personas lastimadas por la falta de información y el vacío interior. Uno de los mejores, con una gran moraleja a los sordos de sentimientos. La realidad está desperdigada en cada página y Cuando los ángeles silban es una muestra fiel de eso. La  lectura  de Risso durante la presentación de Once Cáscaras silenció a los oyentes para meterlos en el encierro de dos hermanos, sobreviviendo a los problemas de una guerra ajena.

Por las noches las casas se achican es el contraste que me gusta del libro, usando otros recursos para llegar al miedo, con una idea que particularmente me llenó más que otros cuentos. Otro más que con su final alcanza el podio de las once cáscaras, así como el cuento que le sigue: El ombligo; que entre tanta sutileza te engancha como si la piel se pegara a las letras.

Brotan párpados me recuerda mucho a una historia de Stephen King que se llama The Plant, donde una planta se lleva gran parte de protagonismo en una oficina. Con esto, solo dejo para ustedes que busquen cómo algo “tan estático” puede ser un gran personaje. Recomendado, al igual que Escándalo en Venecia, donde Risso usa el registro con el cual lo conocí, bien poético y con modismos del pasado romántico, donde Poe podría sentirse cómodo. El sexo y los gustos de un personaje pueden llegar a cambiar más de un detalle. Una buena historia que cierra un gran libro. 



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