El Bravucón en su laberinto ~ Juan Esteban Bassagaisteguy & Esteban Di Lorenzo

Publicación digital


•Este relato fue creado a cuatro manos junto al escritor argentino Juan Esteban Bassagaisteguy
Él me invitó en esta travesía músico-literaria para formar parte de un grupo de creadores de letras: Historias en la azotea. La tarea era tomar prestado un tema de la banda "Patricio rey y sus redonditos de ricota" y crear un relato con su contenido, como fuera y de la manera que mejor nos pareciera. Luego de publicarlo en la página de la azotea decidimos compartirlo con la gente de Corazón Literario. 
En el siguiente enlace podrán descargar la revista completa y disfrutar del cuento y de varios contenidos muy buenos que lo acompañaron.

Revista Corazón literario - número 16


El bravucón en su laberinto
 1
Un día primaveral de 1995

Los alumnos salieron en estampida de las aulas cuando escucharon el sonido de la campana. Algunos fueron al kiosco de la escuela a comprar golosinas, otros a jugar a la mancha, las niñas a saltar el elástico, y el resto se dispersó por el patio del colegio.
Javier jugaba a las bolitas con Tomás ―ambos cursaban quinto grado― en la esquina más alejada de la Dirección. Sufríauna miopía severa y, por ello, cada vez que se acuclillaba para lanzar sus lentes caían sobre el puente de la nariz; su contrincante no bromeaba sobre esta cuestión debido a que era el alumno más obeso de la división y sabía lo que era ser el blanco de las cargadas ―le dolía en lo más profundo de su ser―. Entre los dos se cuidaban y, junto a Federico y Martín, formaban un cuarteto de hierro y disfrutaban cada uno de los recreos de la jornada escolar (vivían en el mismo barrio e, incluso, se juntaban para ir y volver de la escuela en grupo).
El torneo diario estaba por terminar. Martín y Federico, eliminados en la ronda anterior, participaban de la definición de aquel solo como espectadores. El último recreo definía al vencedor, que se llevaba como premio las bolitas de sus competidores.
Javier ya había lanzado y estaba por ganar; la única chance que tenía Tomás de alzarse con el triunfo era meter la última bolita en el opi. Se agachó como pudo, apoyando todo su peso sobre la rodilla derecha y, cerrando un ojo para calcular la trayectoria, se dispuso a tirar. Pero una sombra le tapó el sol. Pensó que era una nube pasajera y se dispuso a seguir jugando cuando una patada en su estómago hizo que cayera hacia su izquierda, dejándolo   sin oxígeno. Era Luis María, el repetidor, un año mayor que sus compañeros de grado (cada vez que los veía alejados de las profesoras, los molestaba golpeándolos y robándoles todo lo que podía).
Gordo, tiro yo —dijo el adolescente hurtando su canica—. Cuando levantes toda esa grasa el recreo ya habrá terminado, ¡ja, ja, ja!
—Pará, Luis, mirá cómo está. No puede ni respirar —dijo Martín—. ¿Por qué no nos dejas tranquilos? Ya te dimos las monedas la semana pasada.
—¿Que los deje tranquilos? Encima de adoptado sos pelotudo, ¿no? Que les quede claro, todos los días hasta las vacaciones me van a tener que pagar. Si no, van a tener soportar las golpizas como le pasa al chancho este.
—Tá’ bien, tá’ bien. Agarrá lo que quieras pero no nos hagas nada —suplicó Javier acomodándose los lentes.
—Dejá de llorar, cuatro ojos. ¡Y no le digan nada a la profe porque va a ser peor!—gruñó Luis María golpeando su puño derecho contra la mano izquierda. Tomó las bolitas de los cuatro amigos riéndose con malevolencia y llevándose, con ello, la poca autoestima que le quedaba a Tomás.
Volvieron a clase sin decir nada a nadie: la represalia podía ser peor.

*****

Pasaron los días y, en cada primer recreo, Javier, Tomás, Federico y Martín le dieron sus monedas al bravucón. Hasta el jueves; ese día Javier no había llevado dinero y aparecieron los problemas.
Antes de que el recreo terminara Luis María pasó a buscar su cuota y, al no obtenerla en forma completa, no hubo forma de pararlo y la paliza que le propinó a Javier le provocó la rotura de un diente; además, le pisó los lentes y le rompió los cristales, quedándoles inservibles. Sus amigos lo tuvieron que llevar como si fuera un ciego hasta el aula. Él dijo que se había caído jugando al «poliladron». Sus padres lo vinieron a buscar y no se habló más del tema.

2
Tres días después

Un rayo de sol se filtró por el chaperío del techo de la obra en construcción y Luis María abrió los ojos. Se encontró solo, sentado en el piso de cemento. Sintió la mejilla arder bajo su ojo izquierdo y por instinto quiso llevar sus manos a la herida. Los brazos no le respondieron y el pánico lo invadió.
Intentó gritar pero tampoco pudo hacerlo. Quiso separar los labios pero estaban completamente sellados. A duras penas logró meter la punta de la lengua entre los mismos hasta que esta tocó algo gomoso. «Cinta adhesiva», dedujo.
Giró la cabeza y la misma chocó contra algo duro. La luz natural de la tarde le permitió vislumbrar qué pasaba con sus manos: estaban atadas con triple nudo a las patas de una mezcladora. Se esforzó por desatarse, pero fue inútil. Respiró profundo y sintió como si mil cuchillos le atravesaran la nariz. Se miró el guardapolvo y percibió las manchas de sangre ensuciando su blancura.
El olor de lo que había dentro de la máquina mezcladora ―«contra su boca choqué mi cara», razonó― era aún más fuerte que el de su propio sudor.
¿Cuánto tiempo había estado desmayado? No podía calcularlo bien pero, por la poca luz del sol, supuso que había perdido la conciencia durante una hora o algo más. «A las cinco salimos de la escuela, deben ser más de las seis de la tarde».
Las risitas que venían de su espalda motivaron que pusiera los cinco sentidos en completo estado de alerta.
―Ya no sos tan bravo ahora, Luisito.
―Puto de mierda ―dijo otro, en medio de las carcajadas. Y al instante los tuvo a los cuatro frente a sí.
Intentó atacarlos a patadas desde su incómoda posición, pero esto duró menos de diez segundos. Federico y Martín apresaron sus piernas, las afirmaron contra el suelo y depositaron toda su humanidad sobre ellas. El ruido de la bofetada resonó atronador en la obra en construcción, y nuevas gotas de sangre cayeron de su nariz.
―Quedate quieto, pajero, y la puta que te parió. ―Era la primera vez que escuchaba a Javier decir aquella palabra, y eso lo sorprendió más que el golpe. El joven sonreía y sus ojos brillaban feroces detrás de sus nuevos anteojos culo de botella.
Pero lo que más miedo le dio fue que Tomás golpeara, a un ritmo constante, el puño cerrado de la mano derecha contra la palma abierta de la otra mano ―como él mismo hacía siempre―, clavándole sus ojos negros llenos de una clara expresión revanchista.
Javier se puso en cuclillas junto a Luis María, acercó su rostro al del adolescente y escupió un gargajo que fue a parar directo a su ojo derecho.
―A ver si nos entendemos ―dijo el joven―. Tomás, acercate.
El nombrado fue junto a Luis María y haló de sus cabellos con fiereza, levantando su cabeza hasta que esta quedó a medio introducir en la boca de la mezcladora.
El bravucón no pudo evitar orinarse en los pantalones.

3
Una hora antes

Eran las cinco de la tarde y Luis María caminaba rumbo a su hogar luego de salir de la escuela. En el barrio periférico de la ciudad donde vivía todas las calles eran de tierra y el adolescente levantaba polvareda pateando un cascote tras otro, imaginándose que era el «Manteca» Martínez definiendo ante el «Mono» Burgos.
Cuando una de las piedras volvió contra sus pies levantó la cabeza. Frente a él se encontraba Javier, quien vivía en el mismo barrio. Estaba apoyado contra unas chapas que resguardaban una obra en construcción, a solo diez metros de Luis María, las manos en los bolsillos del guardapolvo y la mochila sobre el piso, a un costado.
―Qué te pasa, «Anteojito», ¿todavía te quedan bolitas pa’ que te robe? ―preguntó con sorna. El otro no respondió, sino que se acomodó los anteojos y puso los brazos en jarra sobre su cintura. Sostenía una enigmática bolsa de polietileno con algo en su interior―. Ah, querés pelear. Bueno, esto va a ser muy divertido: no solo te voy a cagar a palos, sino que te voy a robar hasta las zapatillas.
Dicho esto, el repetidor dejó su mochila en el suelo y corrió con los puños en alto directo hacia Javier. Este permaneció inmutable en su lugar y sonrió.
Luis María nunca lo vio. Pero sí lo sintió. Y cómo.
Tomás apareció de la nada, detrás de un árbol cerca de Javier y, cuando el bravucón pasaba a su lado, con un topetazo violento lo hizo caer de bruces sobre la calle de tierra.
―Ah, gordo, te voy a matar ―dijo el repetidor, con el guardapolvos manchado de marrón por la rodada que acababa de sufrir. Pero no alcanzó a levantarse. Federico y Martín corrieron desde la vereda de enfrente, se subieron sobre su espalda y lo mantuvieron contra el suelo. Tomás cargó con la mochila de Luis María y Javier, ciego de rabia y sin mediar palabra, pateó la cabeza del repetidor como si estuviera por convertir el gol del campeonato.
Una y otra vez. Hasta que sintió la voz de Martín:
― ¡Pará, Javi!
Javier se detuvo y ordenó sus ideas. Luis María estaba desmayado ―comprobó que respiraba―, Martín y Federico lo sostenían en el suelo y Tomás tenía la mochila del bravucón. Todo había salido según lo planeado. Aunque esto era solo la primer parte del plan. Sonrió para sus adentros y sacudió la bolsa de polietileno que tenía en sus manos, recordando el devenir de lo planeado.
―Rápido, levantémoslo y metámoslo ahí ―ordenó.
Tuvieron suerte. Nadie vio a los cuatro adolescentes cargando el peso muerto de Luis María e introduciéndose, todos, en la obra en construcción.

4
Al día siguiente

Al terminar el recreo, los cuatro amigos cuchicheaban recordando lo vivido el día anterior. No podían creer que, juntos, hubieran llevado adelante semejante acto de valentía; parecía como si les hubiera cambiado la vida… o, por lo menos, así se sentían. Rumbo al aula pasaron por delante de Luis María, quien estaba apoyado ―la cara magullada por los golpes sufridos hacía menos de veinticuatro horas― contra una pared del patio de la escuela; hicieron un ademán con sus cabezas y el repetidor levantó la mano.
—Hola ―dijo. Ninguno le contestó.
Javier se dio vuelta para ver qué hacía Luis María y notó en su rostro la tristeza hecha carne: estaba mirando el suelo, abrazándose a sí mismo en su soledad.

*****

—¡Hey, Tomás! Te pasaste ayer, ja, ja —susurró Javier.
Algo tenía que hacer. ¿Viste como sonó la bofetada? Ja, ja, ja.
—Chicos, por favor. Hagan silencio o los saco afuera —gritó la profesora clavándole los ojos.
—¡Shhh! Paren, che, que nos van a retar a todos —dijo Federico desde el asiento de atrás.
—No seas maricón, Fede. Ayer no tenías tanto miedo, ¡eh! —masculló Martín en el silencio de la clase.
—¡Se los advertí! ¡Vayan a la dirección inmediatamente! —Gruñó la profesora—. ¿Qué les pasa que hoy se portan así? Cosa de no creer...
Los cuatro amigos salieron sin decir una palabra (con una sonrisa indeleble en sus rostros) y se sentaron en el banco que estaba en el patio, junto a la puerta de la secretaría del colegio. Sabían que no podían generar problemas dentro de la escuela porque de firmar un acta por mala conducta a llamar a sus padres había solo un paso.
La puerta de la secretaría se abrió y de ella salió la psicopedagoga del equipo interdisciplinario de la institución llevando del hombro a Luis María. Todos se sorprendieron. Menos Javier, quien recordando haberlo visto tan alicaído al finalizar el recreo dedujo de dónde venía la cosa.
—Si te volvés a sentir así, por favor avisanos —dijo la profesional—. No voy a llamar a tu casa como me pediste, pero si llego a tener que hacerlo no dudés que así será.
—Sí. Si no le molesta, vuelvo al salón —dijo el repetidor mirando a sus compañeros sentados en el banco—. Permiso. ―Bajó la vista y se retiró caminó presuroso rumbo al aula.
Los cuatro se quedaron mirando su espalda, y en sus rostros podían verse claras señales de preocupación. Nunca habían hecho algo por el estilo, y la única maldad que conocían era la que sufrían en carne propia, tanto del acoso de Luis María como de algún otro alumno de años superiores.
—A ver, chicos, ¡pasen! —gritó alguien desde la secretaría.

5
El día anterior, en la obra en construcción

―¡Qué olor a meo! ¡Ja, ja, ja! ―Un coro de risas impiadoso se unió a la ocurrencia de Tomás―. ¿Qué te pasa, María, estás asustada?
Javier enchufó la mezcladora y esta empezó a girar. Luis María agitó sus piernas pero las mismas apenas se movieron, sujetas por Federico y Martín; cerró los ojos y sintió cómo su cara se llenaba de arena y pedregullo. Apenas podía respirar.
La mezcladora se apagó.
Dos brazos fuertes lo tomaron de la solapa de su guardapolvo y estabilizaron su torso. Se golpeó la frente cuando Tomás retiró su cabeza de la mezcladora; la sangre empezó a manar de allí, mezclándose con la arena y los rastros del pedregullo gris que tenía por toda la cara.
―Te vamos a sacar la cinta adhesiva de la boca, María ―dijo Javier―. Y no vas a decir ni una sola palabra. Si llegás a gritar, te juro que metemos de nuevo tu cabeza en la mezcladora y te ahogamos en cemento, ¿m’entendés? ―Luis María agitó la cabeza en señal de asentimiento―. Tomás, sacale la cinta ―ordenó Javier dirigiéndose a su amigo. Este obedeció sin chistar, y de un tirón arrancó el apósito que tapaba la boca del repetidor.
Javier se acuclilló junto a Luis María y, mientras Tomás sostenía la cabeza de este tomándolo de sus cabellos y Federico y Martín sujetaban sus piernas contra el suelo (las manos del bravucón siempre amarradas a las patas de la mezcladora), puso la nariz junto a la del adolescente un año mayor que él y habló:
―Bien, vamos a ver si nos entendemos.
―Yo… ¡Ay! ―El sopapo interrumpió sus palabras.
―Callate la boca, María, y escuchá al jefe ―ordenó Tomás. Luis María asintió en silencio, mirándolo con ojos de cordero a punto de ser degollado.
―Okey ―continuó Javier―. Mirá, María, nos tenés recontrapodridos con todas las jodas que nos hacés. Nos robás las bolitas y la plata, nos pegás, nos empujás, nos decís cosas… No te aguantamos más. ―Luis María seguía con los ojos bien abiertos, alternando su mirada entre quien le hablaba y Tomás―. Por eso te trajimos acá. Necesitamos ponernos de acuerdo al respecto, ¿no te parece?
―Sí ―respondió el repetidor, con un delgado hilo de voz que apenas se escuchó en el silencio del lugar.
―Genial. Mirá, escuchá bien porque solo lo vamos a decir una vez. Y que te quede claro, pa-je-ro ―Javier acentuó cada una de las sílabas de esta última palabra―: si nos fallás, la próxima vez no voy a apagar la mezcladora, ¿m’entendés?
Luis María asintió en silencio.
―Las reglas son las siguientes ―continuó Javier―. Uno, no nos vas a joder más, ni robándonos, ni golpeándonos ni insultándonos. Dos, vos no nos jodés, nosotros tampoco te jodemos a vos ni transformamos tus sesos en mezcla para pegar ladrillos. ¿Qué te parece?
―Me parece bien ―respondió Luis María, todavía titubeando.
―Buenísimo. Ahora vamos a hacer dos cosas. Por un lado, nos vamos a ir y te vamos a dejar solo. ―El pánico se adueñó del rostro del repetidor―. No te asustés, María, no te vamos a dejar atada. ¿No te diste cuenta que te faltaban los cordones de las zapatillas? Nos vinieron al pelo para sujetarte las manos a las patas de la mezcladora. ―Federico y Martín se pusieron de pie, soltando las piernas de Luis María. Este pudo ver que, efectivamente, sus zapatillas carecían de los cordones respectivos―. Y por el otro, vas a contar hasta trecientos y recién después te vas a tu casa. Te dejamos la mochila al lado de la mezcladora. ¿Entendido?
―Sí ―respondió el adolescente―. Pero, ¿qué le digo a mamá cuando me vea así, todo golpeado y sucio de mezcla?
―No sé, algo se te va a ocurrir. Que estuviste jugando en una obra en construcción vacía cuando volvías de la escuela, y ahí enchufaste la mezcladora y pusiste la cabeza adentro para ver qué se sentía. Y entonces te golpeaste la cabeza y te manchaste…
―Bien. ―Tomás desató sus manos de la pata de la mezcladora y Luis María se llevó las muñecas junto a su cara, divisando círculos rojos donde hasta recién apretaban los cordones.
―Y acordate, te vamos a estar vigilando, ahora y por siempre. Obedecé y no te va a volver a pasar nada, ¿okey?
―Okey.
Los cuatro jóvenes se marcharon del lugar caminando despacio, y Luis María comenzó a contar hasta trescientos.
Le fue imposible detener las copiosas lágrimas deslizándose por sus mejillas.

6
Dieciocho años después

La medianoche de la ciudad de Buenos Aires adosaba su humedad característica a las calles y veredas. El taxi vagaba por el arrabalero barrio de San Telmo buscando nuevos viajes a destinos conocidos, y el humo del cigarrillo salía de la ventanilla de Luis María Sidotti, el chofer ―de la cual asomaba su brazo derecho, quemado por el sol y las horas y horas de trabajo incansable―, marcando un camino serpenteante entre los semáforos.
Las calles por las cuales conducía siempre eran distintas, salvo para cargar combustible ―no gasolina para el auto sino para él mismo―. Necesitaba estar despierto toda la noche y además ganar algo de dinero extra vendiendo su mercancía a algún pasajero necesitado.
Frenó en el kiosco de siempre, se bajó y fue hacia la ventanilla del mismo, su cuerpo deforme marcando el paso (de pibe había sido un adonis y ahora era un adefesio nocturno sin igual).
Compró los energizantes y volvió al taxi. A las dos cuadras del lugar un hombre de tamaño considerable le hizo señas. Luis María Sidotti detuvo el auto y aquel subió.
—Buenas... ¿Adónde lo llevo? —preguntó.
—Siga derecho por esta calle ocho cuadras y luego le digo dónde doblar —respondió el hombre (una montaña de músculos) mirando por el retrovisor.
—Le veo cara conocida. ¿Nos conocemos de algún lado? ―preguntó el chofer, intentando iniciar un diálogo.
—No creo. No soy de acá.
       Sidotti puso primera y condujo en línea recta según lo solicitado. Cuando solo llevaba recorridas cuatro cuadras de las ocho, el gigante del asiento trasero habló:
—Parece que va a nevar, ¿no? ―El chofer miró por el espejo retrovisor y vio cómo su pasajero, cómplice, sonreía y le guiñaba un ojo. Nevar, la palabra clave de sus negocios paralelos.
—Por supuesto —respondió el taxista, sonriendo a su vez.
Frenaron en la esquina siguiente y Sidotti abrió la guantera de su auto. Sacó de allí una bolsita llena de un polvo blancuzco y, girando en su asiento, se la entregó al gigantón.
Y fue cuando el celular de este sonó.
—Está hecho. Pueden venir ―dijo el hombre con tono triunfante. Las sirenas retumbaron estridentes en los oídos de Sidotti unos segundos después, cuando las luces azules y rojas se le vinieron encima.
—¡¿Qué carajo pasa?! —gritó el chofer―. ¡¿Sos cana, pelotudo?! ¡La puta que te parió! —gruñó mientras intentaba arrancar el taxi. Una patrulla policial se interpuso en su camino y no pudo avanzar. Giró su cabeza furioso y puso su nariz junto a la del pasajero.
—¿Te acordás de Tomás, el gordito que torturaste en la escuela primaria? ¡Acá me tenés, gil! ―respondió este. Sin darle tiempo a nada, el gigante lo tomó de la nuca con una de sus manos y de un cabezazo furibundo le rompió la nariz. Se bajó del auto y abrió la puerta del conductor, dejando caer al pavimento el cuerpo seminconsciente de Sidotti.
—Decime ahora qué se siente ser el más débil, eh. ¿Te gusta? ¡Gordo puto, y la puta que te parió! —Hablaba y pateaba el bajo vientre del taxista con fuerza inusual, una y otra vez, completamente fuera de sí. Sus compañeros de la fuerza policial tuvieron que echársele encima para detenerlo y frenar la golpiza; si Luis María Sidotti moría, el fiscal que había ordenado la investigación perdería la fuente de información principal sobre el dealer y su modus operandi.

*****

Luis María Sidotti fue condenado a purgar seis años de prisión por comercializar cocaína, en un juicio oral y público que se llevó a cabo casi un año después de su detención. Y así fue como terminó su actividad de narcotaxi.
Detenido en el Penal de Ezeiza, su buena conducta brillaba por su ausencia. Cuando tenía la mala idea de hacer frente a la autoridad policial que gobernaba el Penal ―por diversos motivos, algunos lógicos (como el hacinamiento que sufrían los reos en el lugar), otros no―, terminaba sufriendo tremendas golpizas a cargo de aquella, en las que participaba, de manera especial ―y avisado por sus colegas de lo que se venía―, el agente antidroga Tomás Andreuchi, aquel que había sido partícipe esencial de su detención.
De los años que vivió en prisión, más de la mitad los pasó en el pozo negro del lugar, encerrado en un frío reducto oscuro de dos metros por dos, sin ventanas ni camastro, y con solo un inodoro sucio para hacer sus necesidades. Todo bajo la excusa esgrimida por las autoridades del Penal de que debía corregir su conducta
No tenía con quién hablar, ni qué comer.
Y solo podía pensar en la gélida oscuridad y en el día en que obtendría la ansiada libertad para volver a disfrutar el calor del sol.

Fin


Juan Esteban Bassagaisteguy & 

Esteban Di Lorenzo

4 comentarios:

  1. Lo he dicho más de una vez, y lo vuelvo a repetir: gracias por tu generosidad, Esteban, y por tener la virtud de saber llevar adelante el acople de nuestras disímiles ideas, y lograr un cuento en común que pueda ser disfrutado (un poco más, un poco menos, depende de cada lector...) en su lectura. Fue una experiencia muy buena, muy enriquecedora.
    ¡Saludos!

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    1. Lo tenía que subir con la revista, sino no valía, ja, ja, ja. Es como vos decís, puede gustar tanto como que no, pero lo que disfrutamos en este caminito no tiene precio y el "amiguismo" en cada letra fortaleció nuestra amistad. Un abrazo grande Juan y a seguir por este camino que es el de trabajar duro en nustros sueños. ¡Un abrazo!

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  2. Muy, muy entretenido relato. Me gustó y lo disfruté. El final es bárbaro, por que no deja moralejas tontas del tipo: «...y el bravucón comprendió el error de sus actos, creció feliz, casado y con hijos, con una familia y un trabajo ejemplar», y termina con crueldad para una persona que nada aprendió de lo vivido.
    Saludos.

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    1. «Y el bravucón... »
      Muchas gracias por acompañarnos en esta historia musical. La pasamos muy bien creándola y más compartiendo nuestro amor por las letras. Te mando un abrazo grande Raúl.

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