Teología de mi universo



Teología de mi universo

Al dejar el libro en la biblioteca me vinieron a la mente varias preguntas, no entendí de donde llegaban, ninguna tenía una respuesta viable. Fui hasta el escritorio y retiré la silla, la llevé arrastrando hasta dejarla en frente de mi modesta colección de libros, me senté en ella, me recliné y miré fijamente hacia esa dirección ¿De dónde salen las historias? ¿Quién manda en ese universo? ¿Quién aguanta tantas palabras dentro de uno?... no lo sabía.
            Me quedé zigzagueando mis ojos por todos los títulos, pero esta vez le presté atención a algo más simbólico, los estantes, estas tablas que están arqueadas en el medio llevando el peso de las palabras durante tanto tiempo… y pensar que en mi interior se debe estar curvando mi conocimiento, «La cultura transforma todo aquello que sea llano»… ahora tengo el título para mi ensayo de filosofía que nunca programé. —Pensé entre medio de una sonrisa que se asomaba.
Llevé la silla a su lugar y me coloqué en el escritorio, me acomodé en la computadora y mientras el procesador de texto se abría tuve tiempo de observar el cielo de la tarde desde mi ventana «¿Quién escribe mi historia?» —cuestioné. Luego de bajar la vista, ya que las respuestas no llegaban, me puse a redactar el cuento que tengo pendiente para un concurso de literatura.
            «¿Por qué no podría ser el dios de mí historia ?»—me pregunté en silencio. Seré el alfa y él, mi personaje, será el omega. Jugaré con su vida para probarme como tal, este súbdito será mi títere y mis manos su camino.
            «¿Dónde estará la parca en estas hazañas?» tranquilamente voy a manejar sus tiempos y sus pecados serán mi historia, el karma literario en mi mundo no existirá, por el simple hecho que no lo creé, nada más que por eso. Luego de esta pregunta vino la creatividad, mi personaje ahora tenía una enfermedad, fulminante por cierto, total… ¿Quién va a extrañarlo?, en mi libro celestial su vida será de solo dos páginas.
            Mis dedos marcaban cada letra con la velocidad del segundero; cuando me quise dar cuenta ya no estaba el sol observándome en mi ventana y su calidez no se encontraba en mi habitación. Me tomé un respiro y cerré la persiana, en el transcurso que fui a prender la estufa encendí el velador de pie que está junto a mi biblioteca.
            «¿Habrá sentido el peso de la enfermedad?»—analicé en mi interior.
            Al darme vuelta, mis ojos quedaron apuntando justo sobre el escritorio, mejor dicho en el suelo. La piel de todo mi cuerpo se erizó en el acto al observar un charco color negro azabache al lado de mi silla… me acerqué en silencio, atemorizado, sin saber que era eso, ¿de dónde salió?. Acerqué mi rostro a la mancha y un hedor intenso me llego hasta el fondo de mi cerebro, era olor a tinta… alejé de inmediato mi cara, «¡¿Quién hizo esto?!» —chillé, mientras retrocedía. El grito fue en vano, nadie podría escucharme.
            Luego de ir a buscar algo con que trapear me arrodillé y limpié lo mejor que pude esa porquería oscura, dejé el trapo por ahí y me senté a tratar de terminar mi cuento.
            No lo pude terminar, no me sientía bien… me estiré desde la silla, abrí un poco la ventana y respiré profundo por un rato, estaba mareado «otra vez ese olor» —pensé.
            Al cabo de un rato comencé a sentir humedad en el labio superior, supuse que me sangraba la nariz, pero no, al llevarme los dedos a la boca observé que era del mismo color que el charco de tinta, ese tufo volvió a inundar mi mente. En ese momento se nubló todo y caí despacio, golpeando con la espalda el suelo, mi cara abrazó el piso de parqué de un golpe…
            Unas palabras se escuchaban difusas, la oscuridad de mi desvanecimiento las hacía inentendibles, parecía un deja vu.
Me desperté aturdido y al abrir los ojos las imágenes iban en cámara lenta, mí vista estaba más nublada que antes, el lateral de mi cara estaba sumergido en una pequeña ciénaga de tinta proveniente del interior de mi cuerpo. «Entonces… el karma existe ¿Quién me está haciendo esto?»— Me regañe, totalmente perdido.
            Al intentar levantarme sentí que me desvanecía, pero, antes de caer, escuché a lo lejos un grito temeroso y celestial…

«¡¿Quién hizo esto?!»… y mi dios murió.
            Esteban Di Lorenzo «DILO»

1 comentario:

  1. Raúl Omar García
    Un relato muy original donde uno no sabe hacia donde va a ir. Con un final sorprendente.
    Muy logrado primer trabajo, Esteban. Seguí así.
    Saludos.

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